Por las azoteas

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A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros—pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales—regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.

En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.

A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.

Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.

Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.

En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.

Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.

—Pasa —dijo haciéndome una seña con la mano—. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.

Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo —¿era un signo de paz?— se enjugó la frente.

—Hace rato que estas allí —dijo—. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa… ¡Este calor!

—¿Quién eres tú? —le pregunté.

—Yo soy el rey de la azotea —me respondió.

—¡No puede ser! —protesté— El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.

—No importa —dijo—. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.

—No —respondí—. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.

—Está bien —me dijo—. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.

Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.

—Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.

—Acordado —me dijo—. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: “Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz”.

Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.

—No te ha gustado mi cuento —dijo—. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: “Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’”.

Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.

—¿Quién eres tú? —le volví a preguntar— ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?

—¡Demasiadas preguntas! —me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí— Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.

Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.

Al día siguiente regresé.

—Te estaba esperando —me dijo el hombre—. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.

En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.

—Ah, ya sé —dijo el hombre—. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea —añadió con amargura— no sirve para nada.

—No vengo por los trastos —le respondí—. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.

—Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

—Una sombrilla —le dije—, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.

—Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.

—¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? —me pregunto de pronto—. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.

—¿La construiremos de tela o de papel? —le pregunté.

El hombre quedo mirándome sin entenderme.

—¡Ah, la sombrilla! —exclamó— La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.

Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado—que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate—cuando el hombre se contuvo.

—Es bueno reír —dijo—, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.

A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.

A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:

—Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.

O decía:

—Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.

Otro día me dijo:

—Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.

A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.

Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.

—¡El sol, el sol! —repetía—. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!

Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.

—Hoy es mi santo —dijo—. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?

Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.

Cuando me retiraba, el hombre me dijo:

—Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.

El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.

—¡Todavía dura! —decía señalando el cielo— ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.

Al día siguiente me entregó un libro:

—Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo…, de este largo verano.

Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado “el hombre de la perezosa”. Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.

—¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.

Esa noche mi papá me dijo:

—Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.

Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.

Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.

Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.

Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.

Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.

Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

(Berlín, 1958)


On the rooftops

When I was ten I was the monarch of the rooftops and I reigned peacefully over my kingdom of broken objects.

The terraced roofs were the aerial spaces where grown-ups sent the things that served no purpose: wobbly chairs, disemboweled mattresses, cracked flowerpots, coal stoves, all kinds of things leading expiatory lives, halfway between posthumous use and oblivion. I wandered omnipotent among all that junk, exercising the authority denied me downstairs. Now I could draw mustaches on the portrait of my grandfather, put on the old paternal boots, or brandish a broomstick like a javelin. Nothing was forbidden me: I could build and destroy, and with the same freedom that I blew life into popped rubber balls I presided over the execution of the dressmaker’s mannequins.

At first my kingdom was limited to the roof of my house, but little by little, thanks to valorous conquests, I extended its boundaries to neighboring rooftops. From these long campaigns not without dangers—you had to climb fences or jump across deep passageways—I would always return enriched by an object to add to my treasure or a scratch to attest to my heroism. The occasional presence of a maid hanging clothes or a repairman fixing a chimney didn’t bother me at all, since I had established my sovereignty over these lands where they were only nomads or seasonal migrants.

But on the borders of my kingdom there was an unexplored zone that always awakened my desire. Several times I had made it to the outskirts, but a high fence made of sharp-tipped planks kept me from proceeding. By no means would I let this natural obstacle put a stop to my plans for expansion.

In early summer I decided to set out on a foray into the unknown land. Dragging a wobbly night table and an ancient hat stand from roof to roof, I made it to the edge of the fence and built a high tower. I perched on it and peered over. At first I could make out only a rectangular rooftop, split down the middle by a long skylight. But just as I was getting ready to jump into that new territory, I saw a man sitting in a lawn chair. The man seemed to be sleeping. His head was hanging over his shoulder, and his eyes, shaded by a large straw hat, were closed. His face sported an unkempt beard, grown almost out of neglect, like the beards of the shipwrecked.

I must have made a noise because the man raised his head and, puzzled, watched me. I interpreted the gesture he made with his hand as a sign of eviction, and leaping from my perch, I raced away.

The next few days I spent on my rooftop strengthening its defenses, putting my plunder in safekeeping, getting ready for what I imagined would be a bloody war. I already saw myself invaded by the bearded man, sacked, expelled to the atrocious world downstairs where everything was obedience, white tablecloths, scrutinizing aunts, and merciless curtains. But on the rooftops the greatest calm reigned, and in vain did I spend hours entrenched, keeping watch over the slow patrol of the cats or, once in a while, the fall of a tissue-paper kite.

With that calm in mind, I decided to make a sortie to see what kind of enemy I had to deal with, whether he was in fact a usurper or only a refugee in search of asylum. Armed to the teeth, I ventured out of my fort and little by little advanced toward the fence. Instead of climbing the tower, I walked along the wooden fence looking for a hole. I put my eye to the opening between two planks and spied: the man was still in the lawn chair, gazing at his long transparent hands or casting an occasional glance at the sky to follow the march of the traveling clouds.

I would have spent all morning given over to the joys of espionage if the man, after turning his head, hadn’t stared at the opening.

“Come on over,” he said, signaling with his hand. “I know you’re there. Let’s talk.”

Even if it wasn’t equivalent to an unconditional surrender, that invitation revealed at least a willingness to parley. Securing my weapons about me, I climbed up the hat stand and jumped over the fence. The man, smiling, watched me. Taking a white handkerchief out of his pocket—was it a sign of peace?—he dried his forehead.

“You’ve been there a while,” he said. “My hearing is very sharp.

Nothing escapes me. . . . This heat!” “Who are you?” I asked him.

“The king of the rooftops,” he answered.

“No way!” I protested. “I’m king of the rooftops. All the roofs are mine. Ever since the start of summer I’ve spent all my time up here. The only reason I didn’t come right around here before is that I was really busy somewhere else.”

“It doesn’t matter,” he said. “You’ll be king during the day and I at night.”

“No,” I answered. “I’ll reign at night, too. I have a flashlight. When everybody’s asleep I’ll walk around the roofs.”

“That’s fine,” he told me. “You’ll reign at night, too. I’ll grant you the rooftops, but at least let me be king of the cats.”

His proposal seemed acceptable to me. In my mind, I turned him into a kind of shepherd or tamer of my wild flocks.

“Okay, I’ll leave you the cats. And the hens from the house next door, if you want. But all the rest is mine.”

“Agreed,” he said to me. “Come here now. I’m going to tell you a story. You look like someone who likes stories. Is that not true? So listen: Once upon a time there was a man who knew something. So he was given a pulpit. Then he was put in jail. Then he was sent to a madhouse. Then he was confined to a hospital. Then he was placed on an altar. Later he was led to the gallows. Weary, the man said he didn’t know anything. Only then was he left in peace.”

As he said that, he burst out laughing so hard he ended up gasping for breath. When he saw I was looking at him with no expression on my face, he got serious.

“You didn’t like my story,” he said. “I’ll tell you another one, one that’s a lot easier: Once upon a time there was a famous circus mime whose name was Max. With false wings and a cardboard beak, he’d enter the ring and start hopping around and chirping. ‘An ostrich!’ people would say, pointing at him, and they’d laugh like crazy. His ostrich imitation made him famous the world over. For years he repeated his number, delighting young and old alike. But as time passed Max grew sadder and sadder, and when he was on his deathbed he called his friends to his side and said to them, ‘I’m going to tell you a secret. I’ve never wanted to imitate an ostrich; I’ve always wanted to imitate a canary.’”

This time the man didn’t laugh; instead, he remained in thought, looking at me with his questioning eyes.

“Who are you?” I asked him again. “You haven’t tricked me, have you? Why do you spend all day sitting here? Why do you have a beard? Don’t you work? Are you an idler?”

“Too many questions!” he answered me, stretching his arm outward, the palm of his hand turned toward me. “I’ll answer you another day. Go now. Go away, please. Why don’t you come back tomorrow?

Look at the sun. It’s like an eye. An irritated eye. The eye of hell.”

I looked up and saw only a furious disk that blinded me. Hesitating, I walked to the fence, and when I jumped over it I saw the man leaning over his knees and covering his face with his straw hat.

The next day I went back.

“I was waiting for you,” the man said to me. “I get bored, I’ve read all my books already, and I don’t have anything to do.”

Instead of approaching him and the friendly hand he held out to me, I cast a covetous glance at the pile of objects on the other side of the skylight. I saw a broken bed, a pile of empty bottles.

“Oh, now I know,” said the man. “You come here just for the junk. You can take what you want. The stuff that’s up on the roof,” he added bitterly, “is good for nothing.”

“I don’t come for the junk,” I answered him. “I’ve got enough, more than anyone else in the world.”

“Then listen to what I’m going to tell you: summer is a god that doesn’t love me. I like cool cities, those that have a floodgate up above and let their waters loose. But in Lima it never rains, or so little dew falls it barely keeps the dust down. Why don’t we invent something to protect us from the sun?”

“An umbrella,” I told him. “An enormous umbrella covering the whole city.”

“That’s it, an umbrella with a great pole, like a circus tent’s, and you can open it from the ground with a rope, the way you raise a flag. That way we’d always be in the shade. And we wouldn’t suffer.”

As he said that, I realized he was all wet. Sweat was running down his beard and soaking his hands.

“Do you know why the clerks from the office were so happy?” he asked me suddenly. “Because they’d been given a new uniform with chevrons. They thought their destiny had changed, when it was only their clothes that had changed.”

“Are we going to make it out of cloth or paper?” I asked him. The man looked at me without understanding.

“Oh, the umbrella!” he exclaimed. “Better with skin. What do you think? Human skin. Everyone will donate an ear or a finger, and whoever doesn’t want to hand it over, we’ll tear it away from them with forceps.”

I laughed. The man imitated me. I was laughing at his laughter,

not so much at what he had thought up—his snatching my teacher’s ear with a pair of pliers—when the man checked himself.

“It’s good to laugh,” he said, “but never forgetting certain things: for example, that even the mouths of children will fill with worms, that the teacher’s house will be turned into a cabaret by his disciples.”

From then on I went to visit the lawn-chair man every morning. Abandoning my reserve, I began to overwhelm him with all kinds of lies and inventions. He would listen to me attentively, interrupting me only to show he believed me and energetically encouraging all my fantasies. The umbrella no longer interested us, and now we were planning shoes for walking on the ocean, skates for relieving the weariness of tortoises.

Despite our long talks, I knew little or nothing about him. Every time I asked him about himself, he gave me wild or mysterious answers:

“I’ve already told you: I’m king of the cats. Haven’t you ever come up at night? If you come up some time, you’ll see how I grow a tail, how my nails get sharp, how my eyes light up, and how all the neighborhood cats come in procession to bow before me.” Or he said:

“I am this, simply, this and nothing more. Never forget it: a piece of junk.”

Another day he said to me:

“I’m like that man who rose from the dead after ten years and went back home wrapped in his shroud. At first, his family got scared and ran away. Then they acted as if they didn’t recognize him. Then they accepted him, but making it clear he didn’t have a place at the table or a bed to sleep in. Then they sent him out to the yard, later out to the street, finally to the other side of the city. But since the man always tended to come back, they got together and murdered him.”

By the middle of summer, the heat became intolerable. The sun melted the asphalt of the streets, where grasshoppers got caught. Everything exuded savagery and sloth. Mornings, I would go to the beach on packed streetcars, return home sandy and starving, and after lunch, go up to visit the lawn-chair man.

He had set up an umbrella next to his chair and would fan himself with a sheet of newspaper. His cheekbones had grown prominent; less talkative than before, he would sit in silence, sourly, casting angry glances at the sky:

“The sun, the sun!” he would say. “Either it goes or I go. If only we could shoot it down with a cork gun!”

One of those afternoons he welcomed me eagerly. Next to his chair he had a cardboard box. And soon as he saw me, he took out a bag of fruit and a bottle of lemonade.

“Today’s my birthday,” he said. “Let’s celebrate it. Do you know what it means to be thirty-three years old? To know the names of things, the map of countries. And all because of something infinitely small, so small that, by comparison, the nail of my little finger would be a world. But didn’t a famous writer say that the smallest things are what most torment us? Shirt buttons, for example.”

That day he talked to me until late, until the setting sun lit the panes of the skylights and long shadows grew behind each raised window.

As I was leaving, the man said to me:

“Summer will be over soon. So you won’t come to see me anymore. But it doesn’t matter, because by then the first mists will have come.”

As a matter of fact, summer was coming to an end. We kids lived those last hot days greedily, sensing on the horizon the smell of ink, of teacher, of new notebooks. I wandered around the roofs oppressed, surveying all that space conquered in vain, knowing that my summer, my golden ship laden with riches, was sinking fast.

The lawn-chair man seemed to be wasting away. Under his umbrella he was coppery, silent, anxiously watching the last assault of the heat, heat that made the rough adobe of the roofs burn.

“It’s still there,” he would say, pointing at the sky. “Doesn’t it seem evil to you? Ah, cool cities, windy cities. The dog days, ugly expression; reminds you of a weapon, a knife.” The next day he gave me a book:

“You’ll read it when you can’t come up. That way you’ll remember your friend—from this long summer.”

It was a book with blue engravings where there was a character named Rogelio. My mother found it on the night table. I told her the “lawn-chair man” had given it to me. She made inquiries, discovered something, and grabbing the book with a sheet of paper, ran to throw it in the trash.

“Why didn’t you tell me you were talking to that man? Just wait till your father gets here. You mustn’t ever go up on the roof again.” That night my father said to me:

“That man is marked. I forbid you to see him again. You mustn’t ever go up on the roof again.”

My mother began to guard the stairs up to the roofs. I walked scared through the halls of my house, plopped into armchairs, looked to the point of exhaustion at the dining room wallpaper—an apple, a banana, one after the other, infinite repetitions—or leafed through albums full of dead relatives. But my ear was attuned only to sounds from the roof, where the last golden days of summer were waiting for me. And my friend up there, alone among the junk.

Classes started in the midst of days still burning hot. School activities distracted me. I spent endless mornings at my desk, learning the names of the fourteen Incas and drawing the map of Peru with my crayons. Summer vacation seemed long gone, far away from me, like something you read about in an old almanac.

One afternoon, the playground darkened, a cool breeze swept the overheated air, and soon a fine misty rain began to patter on the palm trees. It was the first rain of the fall. Right away, I remembered my friend, I pictured him jubilant, receiving with open arms this water, from out of the blue, that would cleanse his skin, his heart.

When I got home, I was determined to pay him a visit. Outwitting my mother’s vigilance, I went up to the roof. At that hour, under that gray sky, everything looked different. On clotheslines, forgotten clothes swayed to and fro in the twilight, breathing, and against the skylights, mannequins looked like mutilated bodies. Anxiously, I traversed my domains and, over railings and skylights, I reached the fence. Climbing up the hat stand, I looked out to the other side.

I saw only a rectangle of dampened ground. The lawn chair, folded up, was lying against the rusty frame of a cot. I walked a while around that cold redoubt, trying to find a clue, a sign of its former palpitation. Next to the lawn chair was a porcelain spittoon. From the long skylight, on the other hand, there rose light, the murmur of life. Peering through the panes, I saw the inside of my friend’s house, a tiled hallway paced by men dressed in mourning, lost in thought. I realized then that the rains had come too late.

(Berlin, 1958)

—Translated by John Penuel. Top image by Ry Rothman

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