Cara de Ángel

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I

Febrero. (Un día cualquiera).
2 p.m.

Metió las manos en los bolsillos y fue más hombre que nunca.

“El semáforo es caramelo de menta: exquisitamenta. Ahora, rojo: bola de billar suspendida en el aire”.

El sol, violento y salvaje, se derrama, sobre el asfalto, en lluvia dorada de polvo.

“Así me gusta: bajo el sol, triste, y con las manos en los bolsillos. (Sólo los viciosos tienen esa costumbre). ¡Al diablo con la vieja! Con las manos en los bolsillos. Porque quiero. Porque me da la gana”.

Entró por Moquegua al Jirón de la Unión.

“Esa camisa roja que está en la vitrina es bonita, pero cara. Es marca B.V.D. Todas las vitrinas deberían tener espejos. A la gente le gusta mirarse en las vitrinas. A mí, también. El color rojo de la camisa haría resaltar la palidez de mi rostro. Estoy ojeroso: mejor. Tengo el cabello crecido: mucho mejor. Cara de Ángel: sí. Nunca: María Bonita. Ni mucho menos: Mará Félix. Que no se les vuelva a ocurrir llamarme así; porque les saco la mierda. No tengo cara de muchachita. Mi cara es de hombre. En mi rostro ya se vislumbra una pelusilla un poco dorada que, de aquí a tres meses, será una barba tupida y, entonces, usaré gillete. Si los muchachos del billar supieran lo que hice con Gilda, la hermana de Corsario, nunca volverían a llamarme María Bonita. Se prendió de mi cuello mordiéndome la boca. Por broma dije: Mi boca no es manzana dulce. Entonces la mocosa refregó, violentamente, su cuerpo contra el mío. No quiso que le agarrara las piernas. Tan sólo pude estrujarle los senos. Su ropa interior era de nailon: resbaladiza, tibia, sucia, arrecha. Recuerdo que era roja como la camisa de la vitrina. (Rojo es color de serrano, dice Manos Voladoras, el afeminado de la peluquería, entornando los ojos). Con esa camisa mi rostro estaría más pálido. Me compraría un pantalón negro. Me compraría gafas oscuras. Tendría pinta de trasnochador «dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias de una vida intensa», como dice Choro Plantado, el borracho de mi cuadra. Y mis diecisiete años, a lo mejor, se transforma en veinte. Ahorititita, le saco la mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me come con los ojos. Está mira que te mira que te mira. Pensará: camisa roja y pichón en cama. Simulo no verlo. Su mirada quema. Seguramente estoy sonrojado. Eso le gusta: inocencia y pecado. Está nervioso. No se atreve a dirigirme la palabra. Clavo mis ojos en los suyos, como jugando, para avergonzarlo. Desvía la mirada. Miro la camisa. Él me mira. Lo miro. Y, él, mira la camisa. Mejor hay que sonreír. Si me voy, él me sigue. Si me quedo, él me habla. ¡Esto es un lío! ¡Un lío! Hace días uno de esos me siguió más de veinte cuadras. No decía nada. Iba detrás de mí: incansable, silencioso, avergonzado. Entré a mi casa. Comí. Salí al cine, con la vieja. Y él, triste, se perdió al llegar a una esquina. ¡Pobrecitos! Parecen perros hambrientos, apaleados, corridos. Pero, ¡qué caray!, uno no puede ser carne de ellos. Por fin se acerca. Habla. Contesto: Sí. Sí, me gusta la camisa… Pero, no lo conozco… ¿Qué? ¿Qué quiere ser mi amigo? ¿Para qué?… ¿Por gusto?, ¿simpatía? No, no lo creo… ¡Ah ya! ¿Obsequiarme la camisa? ¿A cambio de qué?… Ya las paro. ¿A su casa? No, no señor, no, disculpe. Si desea le presento a un amigo… ¿Conmigo? No… ¿a la playa? No, me hace daño el agua salada… ¿A los ojos? No, al estómago… ¿Al cine? Tampoco. La oscuridad me ahoga. (Con Yoni, sí. Yoni, compañero de clase: loquita: buenas piernas en la oscuridad con chocolate, con fruna. Las piernas de Gilda son mejores. Uno de estos días se las toco). Pierde su tiempo conmigo. Ahí nos vemos”.

Sacó las manos de los bolsillos. Bajó la cabeza. Dio una patada en el aire. Levantó un brazo más arriba de la nuca. Se mordió las uñas. Esbelta y triste quedó su imagen, en relieve, contra el sol. Las tiendas del Jirón de la Unión permanecían cerradas. Poquísimas personas transitaban por el centro de la ciudad. El viento, opaco y caluroso, levantaba hojas de periódicos amarillentas y sucias. La tarde —lenta, sudorosa, repleta de sonidos sordos y lejanos — se levanta la niña. La ciudad soportaba el peso, salvaje y violento, del sol.

“Es una vaina venir por estas calles. Uno siempre se ha de encontrar con locas. Que lo miran. Que lo siguen. Que le hablan. Que le ofrecen hasta el cielo. Y, ¿por qué siempre tienen que mirarme? Mi cara tiene la culpa. Sí: Cara de Ángel. Cuando gano plata en el billar mi vieja cree que ya estoy con uno de esos y, sin averiguar nada, me pega. Hoy me ha pegado. No me quiere. Para ella debo ser ensarte, triple ensarte”.

Metió las manos en los bolsillos y quedó más hombre que nunca.

Elástico y calmo, avanza por el Jirón de la Unión.

“Siempre he sido un tonto. Siempre he querido ser hombre. Pero siempre he fracasado. Tengo miedo de ser cobarde. A los soldados —no sé dónde lo he leído —. Antes de la batalla le dan pisco con pólvora para que sean valientes. En lugar de pólvora, que no puedo conseguir, como fósforos y sigo siendo cobarde, sin embargo. Si uno quiere tener amigos y gilas hay que ser valiente, pendejo. Hay que saber fumar, chupar, jugar, robar, faltar al colegio, sacar plata a maricones y acostarse con putas. He intentado todo, pero siempre me quedo en la mitad, ¿será porque soy cobarde? Mi vieja, también, tiene la culpa. Me trata como si aún continuara siendo niño de teta. Y lo peor del caso es que me trata así delante de los muchachos de la Quinta y me expone a burlas. Siempre tengo que trompearme para demostrarles que soy hombre. El otro día, a las cinco de la tarde, me envió a comprar pan. No quise ir: al Collera estaba en la esquina. (Colorete gritaba enfurecido). Protesté, pero al final, como siempre, se impuso la vieja. Saqué la bici y, pedaleando a todo full, pasé por la esquina. Me vieron. Compré pan. Al volver los vi en la puerta de mi Quinta. Cuando quise entrar, Colorete cogió la bici. Con sonrisa maligna dijo: “Zafa, zafa, no te metas con hombres. Aquí nadies es niñito de casa. Carambola, di: ¿alguna vez has ido a la panadería por mandado de tu vieja? No. Ves. Aquí sólo hay hombres. ¡Hasta cuando no te desahuevas!” Quise pegarle, pero sin darme cuenta dije: “¿Acaso he comprado pan para mi casa? Es para mí. Me gusta comer pan. En las mañanas mi vieja compra para todo el día”. Colorete, poniéndose serio, repuso: dije: “A nosotros también no gusta comer pan”. Y sin darme tiempo, tomó la bolsa y repartió el pan. Comimos, en silencio, sin mirarnos, como si estuviéramos cumpliendo una tarea penosa, colegial, aritmética. Uno a uno los muchachos se fueron. Al final, sólo quedó Colorete. Me asustó con la mirada. Ya no había cólera ni burla en sus ojos: había ternura, extraña, terrible. Cuando se dio cuenta que lo miraba, se avergonzó. Quise darle la mano y decirle: “Te comprendo”. Pero qué difícil es sincerarse sin cebada. Sé que esa tarde Colorete quiso decirme algo, sin embargo, calló: tuvo miedo. Sin decir nada se fue. Esa noche no pude dormir. Resonaban las palabras de la vieja, pobre vieja, pobre: “Ya no sé qué hacer contigo. Toda la plata que te doy te la juegas. Eres un mal hijo. ¿Dónde está el pan? Me vas a matar a colerones”. Esa noche hubiera sido bueno llorar”.

Olor de gasolina en el viento sofocante.

“En estas vitrinas hay relojes, chocolates, esclavas, pantalones americanos, camisas, tabas, ropas de baño. Si uno tuviera plata… Y es bien fácil conseguir dinero. Lo único malo es que la vieja lo averigua todo. “¿De dónde sacaste esa camisa? ¿Quién te la dio?” Y la cantaleta no termina. Hace poco no más, los muchachos del billar, la collera del barrio, planearon el robo de una moto. El trabajito salió como el ajo. El dinero que se consiguió tuvo que gastarse en cine, en carreras, en cebada, en cigarrillos finos. No se puede comprar ropa, para no meterse en pleitos con la vieja. El único que hace lo que le da la gana es Colorete. Grita y se impone y, si el viejo protesta, le saca en cara su negocio, su cantar: el viejo, su viejo es cabrón. Por eso Colorete no sólo roba, sino hasta se vive, públicamente, con un maricón que dicen que es doctor”.

Llega a la Plaza San Martín. El sol opaco y terrible cae sobre los jardines. Obreros, vagos, soldados y marineros duermen en el pasto: sueño sudoroso, biológico, pesado.

“Cómo quisiera estar en la playa: arena; gilas en ropa de baño; carpas de colores, como los circos; espuma; música; olor a mariscos; ojos sedientos de mi cuerpo delgado, elástico y pálido dorado. ¿Y si la Plaza se transformara en playa…? Siento, en no sé dónde, una pereza blanda, como si fuera algodón. Ahora, sube por la garganta y no puedo contener un bostezo delicioso, esperado, que me hace lagrimear. Tengo sueño. Me parezco al gato de la señora vecina cuando se echa patas arriba, hambriento de gata, bajo el sol”.

Medio día. Plaza San Martín: bocinas, pitos, ultimoras, tranvías bulliciosos. El cielo, pesado y ardiente, sofoca. La sangre arde. Cara de Ángel: tendido en el pasto.

“Y si la Plaza fuera un cementerio: cementerio ardiente, sin flores, con muertos enterrados, verticalmente. Entonces vendría el viento marino del Callao y dejaría al ras del suelo cráneos podridos; y los muertos en invierno se juntarían, para no sentir frío; y en verano se echarían en el pasto para que el sol los caliente; y los autos tendrían miedo de atropellarlos; el patrullero, de vez en cuando, les traería comida y emoliente; y en las noches brillarían con los avisos luminosos: mar con botes de colores… Y si los muertos fueran los manifestantes de ayer, hubiera sido formidable que anoche, el Jefe del Partido, encabezando el suicidio colectivo, se hubiera lanzado del balcón, una vez terminado su discurso, y todos, todos, hasta los policías se hubieran muerto y anoche un señor dijo que el Jefe hablaba para la juventud y no entendí nada y a mi papá lo tomaron preso por meterse en política y mi mamá siempre dice que era bueno y que la política lo mató y yo no sé nada de política no me interesa tampoco y quisiera cagar en el palacio del Presidente por gusto por joder y el profesor de historia con la lata de la higuera de Pizarro y que los almagristas lo mataron y que me daba sueño y que me hacía mojar la cabeza y es peligroso dormir con la cara al sol uno quiere despertarse y no puede como si se estuviera muerto y se quisiera resucitar estoy sudando y me gusta el olor de mi cuerpo el olor de las muchachas de mi barrio me arrecha sobre todo en verano tienen olor a pescado a fierro en inverno no se lavan y apestan rico las manos de Gilda olían a marisco a mar las piernas de Gilda buenas buenas buenas esta noche voy a México y no tendré miedo y el viejo si insiste un poco más casi me lleva da asco con viejo pero la camisa roja bonita Colorete es cochino con Yoni tal vez quince días que no me lo toco y parece que revienta con el sol las bolas hacen carambola jardinera dados gigantes que chocan contra el mar siempre siete siete cuando se pierde los senos de Gilda con leche tibia y dulce playa mar ruido olas música azul con verde miel helada con la lengua agridulce retumba en ola en roca el mar roca en agua y ola tumbo en tumbo roca amor en roca Gilda en roca cara sol Yoni mar en cine fruna en mar roca roca en tumbo cara roca mar mar marmarmarmarmar amar amar amaaaaar”.

II

4 p.m. del mismo día

—Que no se escape.

La collera del barrio, bulliciosa, en tropel (manada de cervatillos montaraces), llega al Paseo de la República.

—Cruza, cruza, rápido.

Colorete sujeta del brazo a Cara de Ángel que es llevado a la fuerza.

—Cuidado viene auto. (Se agitan como patos).

Atraviesan la calle y se dirigen a la parte más tupida y oculta del Parque de la Reserva. (Pantalones negros, azules celestes; camisas rojas, negras, amarillas se estremecen delirantes entre ramas verdes).

—Sácale la mierda.

El cielo estaba nublado, sucio, triste. El calor es más intenso. Todos están ahí: Corsario, Natkinkón, el Príncipe, Colorete (el capazote de la collera), el Chino, el Rosquita, Cara de Ángel, Carambola.

—Quítale la plata.

Los cuerpos parecen que tuvieran miel y las camisas se pegan, tibias. El olor agrio y ardiente de las axilas se mezcla, violentamente, con el vaho húmedo y suave del césped. Hay furia. Ganas de quedarse en la mitra del Papa. Cara de Ángel, pálido, no puede hablar: tartamudea. Sabe que Colorete le lleva bronca.

—¡Desahuévalo! (Grita Carambola).

Lejos: autos y tranvías pasan veloces. Cara de Ángel quiere correr, abrazar a su mamá y pedirle perdón por todos los colerones.

—Ya maricón, ¡defiéndete! (Empieza Colorete)

Estaban frente a frente, midiéndose. (Gallitos feroces). Los demás hacen ruedo. (Gallinas atolondradas).

—Éntrale, éntrale sin miedo, María Bonita.

Todos ríen. Cara de Ángel sabe que su rival es cobarde y traidor, que sabe dar buenas chalacas, que tiene una zurda fuerte y mañosa, y sabe defenderse la cara y otras cosas y que, además, cuando se ve perdido, “acaricia con la uña” que siempre carga en el bolsillo.

Hay cólera y odio animales en los ojos grandes y biliosos de Colorete. Transpira, cierra y abre los puños, desesperado. Escupe a un lado y a otro, nerviosamente. Cara de Ángel sigue pálido, con las manos en los bolsillos, esperando el ataque. Trata de explicarse el porqué la bronca que le lleva Colorete. Busca en el recuerdo algún incidente ofensivo; pero lo único que recuerda es que siempre fue bueno con Colorete. O a lo mejor, así como existe simpatía natural, espontánea; existe también odio instintivo, natural, espontáneo. De pronto, algo se quiebra, se desmorona, en su interior y se duele por él, por sus amigos, por su mamá. En el pecho siente un charco helado que lo hiere. Cómo quisiera que, de un momento a otro, Colorete le diera la mano, que los muchachos dijeran: “No te asustes, Cara de Ángel, todo esto es un juego: te queremos”.

—¡Desahuévate, María Bonita! ¡Éntrale!

Colorete se avienta furioso, lo toma por la cintura y cae al piso. Ágil, con las piernas, le hace tenaza en el cuello. El rostro de Cara de Ángel se enrojece y las piernas de Colorete ajustan, nerviosas. Sorprendentemente, Cara de Ángel le toma el brazo y se lo tuerce por la espalda; libera el cuello y aprovecha para montarse sobre su rival. Colorete se encabrita y logra incorporarse botando al suelo a su enemigo.

—Espérate, espérate, María Bonita, me voy a quitar la camisa.

Los contendores se quitan la camisa. Colorete, orgulloso, exhibe su pecho moreno y musculoso; Cara de Ángel, pálido y delgado, se avergüenza. Nuevamente, se trenzan. Ahora, Cara de Ángel está echado boca abajo y Colorete está jinete sobre él, torciéndole el cuello ajustando fuerte, al mismo tiempo, qué, ansioso, mete la cara por los sobacos de su rival y aspira con deleite. (Le gusta el olor de mi cuerpo, piensa Cara de Ángel). Voltea el rostro y lo mira. Los ojos de Colorete ya no tienen furia, tienen un brillo extraño que asusta. Es el mismo brillo y la misma ansiedad que vio en los ojos de Gilda la noche que casi le toca las piernas. Cara de Ángel siente miedo desconocido y oscuro. Hay un vacío vertiginoso en el estómago, como si se estuviera en el último piso del Ministerio de Educación y el asfalto negro de la calle atrajera, irresistiblemente. Desesperadas las manos se prenden al pasto y grita.

—¡Estás armado, mostacero de mierda! ¡Déjame!

Cara de Ángel se incorpora furioso. Los muchachos ríen y hacen cargamontón. Colorete sale sudoroso y ordena que le quiten, a Cara de Ángel, el dinero que les ganó en el crap. Lo aprisionan y le hurgan los bolsillos, pero no encuentran plata. (Cuando fue el baño escondió entre las medias tres libras).

—No hay nada

—Debe habérselas guardado en los zapatos.

Cara de Ángel lucha desesperado, no por el dinero, sino porque tiene los pies sucios, las medias están que apestan y le da vergüenza, en pleno verano cuando todos se bañan y andan limpios. Le preocupa la opinión de Colorete. Piensa: ahora, él, me odiará más, sabrá que soy sucio, que no me gusta lavarme los pies. Por fin, lo dominan y le sacan los zapatos, luego las medias y aparecen tres libras húmedas y hediondas. El Rosquita las lava en la pila. Cara de Ángel ha quedado tendido en el suelo, escondiendo los pies. Colorete lo mira con disimulada ternura y expresivo asco.

—Cochino, sucio, sucio. Te creía limpio. Pero me gustas más así: sucio. Un día de estos te agarro, de verdad.

—Esta noche hay cebada. (Grita el Rosquita).

—Oye tú. Hasta ahora nadie me ha dicho mostacero. Tú acabas de decirlo y eso no lo perdono. Saca los dados. Vas a ver quién es Colorete. Vas a jugar conmigo, conmigo, y quien pierde se la corre, aquí mismo.

Cara de Ángel tiene que aceptar el desafío, de lo contrario, hablarán mal de él.

—Tira, tu primero. Número mayor gana. (Dice Colorete).

Cara de Ángel toma los dados, les echa un poco de saliva y los mueve como si estuviera celebrando culto a una deidad misteriosa, sangrienta. Los deja caes suave; ruedan: marcan diez.

—¡Qué lechero! (Grita Natkinkón).

Colorete recoge los dados. Escupe a uno y otro lado. Cierra los ojos y tira los cubiletes: marcan once.

—Córretela. (Ordena Colorete).

Cara de Ángel se tiende al suelo de costado; quiere llorar. Piensa que ya no podrá ir a México; quince días que se ha contenido: ¡para esto!

—Si quieres, mira esta foto. (Dice Corsario).

Del bolsillo trasero del pantalón saca una foto y se la enseña. Se pelean por verla. Cara de Ángel ve una mujer desnuda que está agarrándose los senos. Cierra los ojos y piensa en Gilda.

—Ya, de una vez, o te agarramos entre todos. (Grita furioso, Colorete).

Todos se quedan en silencio. Sólo se escucha, a lo lejos, el ruido de autos y tranvías y, de vez en cuando, pitos; cerca: el respirar agitado de los muchachos. Cara de Ángel siente una profundidad dulce y una humedad turbulenta en la boca. Un olor picante a madera, a manzana, lo transporta a los brazos de Gilda. Corsario le mira el rostro arrebatado. El Chino, como hipnotizado, no deja de mirarlo. Carambola, asustado piensa en Alicia cuando baila; el Príncipe, también piensa en Alicia y recuerda a Dora. Natkinkón, en cuclillas, sonriente, se come las uñas. El Rosquita, gracioso y palomilla, da vueltas y no puede contener la risa pícara. Colorete, solo, distante, con las manos en los bolsillos, sin camisa, con la espalda llena de pasto y sudor respira agitado sin dejar de ver a Cara de Ángel. La tarde se ha detenido. Colorete piensa que está solo, absolutamente solo en el mundo y siente un dolor terrible en los testículos. De pronto, gritan y aplauden; se empujan, unos a otros; miran el cuerpo de Cara de Ángel y se van a la carrera. El Rosquita, por delante, sale del Parque de la Reserva, enseñando las tres libras. Cara de Ángel queda solo echado en el pasto. Los árboles recortan en pedazos el cielo nublado, caluroso, sucio, sucio, sucio.


Angel Face

I

February. (Just a regular day).
2 p.m.

He stuck his hands into his pockets and was more of a man than ever.

“The stoplight is a mint candy, exquisitely-minty. Now red: a billiard ball suspended in the sky.”

The sun, violent and savage, spills over the pavement, in a golden rain of dust.

“That’s how I like it: sad under the sun with my hands in my pockets. (Only the depraved do this.) The hell with my mom! Hands in his pockets. Because I want to, because I feel like it.

He entered Jirón de la Unión by way of Moquegua St.

“That red shirt in the display window is nice but expensive. It’s a B.V.D. All display windows should have mirrors. People love to look at themselves in display windows. I do, too. The bright redness of that shirt would highlight my pale face. I have bags under my eyes: fuck it. My hair is long and messy: even better. Angel Face: yeah, but never María Bonita. Not much better than María Félix. They better not even think about calling me that again because I’ll beat the shit out of them. I don’t have a little girl’s face. I have a manly face. You can already see a few golden whiskers that three months from now will be a thick beard, and then I’ll be using a Gillette. If the gang at the pool hall knew what I did with Gilda, Corsair’s sister, they’d never call me María Bonita again. She hung from my neck biting my lips. Joking, I told her my mouth isn’t an apple. Then the girl rubbed her body, violently, against mine. She didn’t want me to touch her legs. I only grabbed her breasts. She wears nylon underwear, silky, warm, unclean, and wet. I remember it was red like the shirt in the window (Red is a serrano color, says Flying Hands, the fag at the barbershop, half winking). With that shirt, my face would become paler. I’d buy myself some black pants. I’d buy dark sunglasses. I’d look like an all-nighter, “heading for the final consequences of an intense life,” like Choro Plantado says, the drunkard of my block. And my seventeen years, at best, become twenty. Right, and I mean right now, I’m gonna kick the living shit out of that old man pretending to through the window when really he’s eating me up with his eyes. This look like I’m looking at you I’m looking at you. He would think, red shirt and chick in bed. I pretend not to see him. His eyes are burning me. I must be blushing. That’s what they like: innocence and sin. He’s nervous. He doesn’t dare talk to me. I stare at him, like playing, to make him feel ahamed. He looks away. I look at the shirt. He’s looking at me. I look at him. And he looks at my shirt. Better to smile. If I go, he’ll follow me. If I stay, he’ll talk to me. What a fucking mess! A mess! A couple days ago one of those guys followed me for more than twenty blocks. He didn’t say anything. He followed me: tireless, silent, shy. I came home. I ate. I went to the movies with my mom. And he, sad, got lost going around a corner. So sad! They look like hungry dogs, beaten and run down. But, what the hell, you can’t be meat for them. Finally, he comes up to me. He talks. I answer: Yeah, yeah, I like that shirt… But, I don’t know you… What? You want to be my friend? Why? For the fun of it? Sympathy? No, I don’t think so… Oh, yeah! Buy me the shirt? And what do I have to do for it? I get it now. Go with him to his apartment? Nah, no sir, no excuse me. If you want, I can introduce you to a friend… With me? No… To the beach? No, the salt water bothers me… My eyes? No, my stomach… To the movies? Nope, the darkness makes me feel like I’m suffocating. (With Yoni, yeah. Yoni, the classroom friend: Crazy guy: good legs in the darkness with chocolate, with candy. Gilda’s legs are better. Someday I’ll touch them.) He’s wasting his time with me. Whatever, see ya. 

He took his hands out of his pockets. Lowered his head, kicked the air. He raised his arm above his nape. He chewed his nails. His image was skinny and sad, siluette against the sun. The shops at Jiron de la Unión were still closed. Very few people came through downtown. The wind, opaque and warm, lifted yellowish leaves and dirty newspaper pages. The afternoon—sweaty, slow, full of deafening and distant sounds—picks up the girl. The city held the weight, wild and violent, of the sun.

“It’s a pain coming through here. You always run into crazies. They look at you. They follow you. They talk to you. They offer you heaven and earth. And why do they always gotta stare at me? It’s my face’s fault. Yep: Angel Face. When I make money playing pool, my mom is sure I’ve been with some of these guys, and whithout any more proff than that beats me. Today she hitme again. She doesn’t love me. I must be a disappointment for her, a real big one.” 

He slipped his hands into his pockets and looked manlier than ever. 

Calm and agile, he goes down the Jirón de la Unión. 

“I’ve always been a dumbass. I always wanted to be a man. But I always fail. I’m afraid of being a coward. They say that soldiers—I don’t know where I read it—that they give them a shot of pisco and gunpowder before a battle so they’ll be brave. Instead of gunpowder, which I can’t get, I eat matches and stay a coward. If you want to have friends and bitches, you have to be brave, an real dick. You have to smoke, drink, play, steal, skip school, take money from faggots, and fuck bitches. I tried everything, but I always end up halfway… Because I’m scared? It’s also my mom’s fault. It’s like I’m still sucking on her tit. And, the worst of it is, she does it in front of the guys of the Quinta, exposing me to their mockery. I always end up fighting them to prove I’m a man. The other evening around five, she sent me to the bakery. I didn’t wanna to go. The gang was hanging out on the corner. (Colorete was pissed as hell.) I argued, but she got her way like always. I grabbed my bike and pedaled full speed ahead, passing by the corner, but they saw me. I bought bread. As I got back, they were hanging out in the door of the Quinta. When I tried to get in, Collera grabbed my bike. With a malignant smirk, he said: “Scram, don’t fuck around with men. Here nobody’s a little mama’s boy. Hey Carambola, have you ever been sent to the store by your mama? No. See? We ain´t nothing but men here. When are you gonna grow some balls? I wanted to hit him, but without realizing it I said: “Who said I bought bread for my house? It’s for me. I like bread. Every morning my mom buys for the whole day.” Colorete, getting serious, replied, “Well, we like bread too.” And in the blink of an eye, he snatched the bread, shared it. We ate in silence without looking at each other, like if we were doing arduous homework—scholarly and mathematical. One by one the guys left. By the end, only Colorete remained. His look scared me. Now there was no rage or mockery left in his eyes: there was this strange and terrible kindness. When he noticed me looking at him, he got embarrassed. I wanted to shake his hand and tell him: “I understand.” But it’s hard being honest without beer. I know Colorete wanted to tell me something that afternoon; nevertheless he was quiet. He was scared. Without saying anything he took off. I couldn’t sleep that night. My mom’s words echoed over and over again in my head; that poor, poor old woman. “I don’t know what to do with you. You gamble all the money I give you. You´re a loser. Where´s the bread? You’re going to give me a heart attack.” I should’ve cried that night.

Smell of gas in the stuffy wind.

In these shop windows, there are clocks, chocolates, bracelets, pants from the US, shirts, shoes, swimsuits. If one had money… And it’s pretty damn easy to get money. The only thing is my mom figures it out. “Where’d you get that shirt? Who gave it to you?” It’s always the same story. Recently, the guys from the pool, the neighborhood gang, planned to rob a motorcycle. The trick worked like magic. The money we made had to be spent on movies, races, beer, and good cigarettes. You can’t buy clothes, to stay out of trouble with mom. The only one who does whatever he wants is Colorete. He shouts and bullies, and if his dad says something, he reminds him of his business, his singing: the old man, his old man, is a bastard. So Colorete not only steals, but he even lives openly with a faggot. They say he’s a doctor.”

He gets to Plaza San Martin. The sun, opaque and terrible, sets over the gardens. Workers, bums, soldiers and sailors sleep on the grass: sweaty, biological, and lethargic dreams.

“I wish I could be on the beach: sand, bitches in swimsuits, colorful tents, like the circus, foam, music, the smell of seafood, thirsty eyes for my thin, agile and tawny body. What if the Plaza turned into a beach…? I feel, I don’t know where, a soft laziness, like cotton. Now it comes up my throat, and I can’t keep down a delicious yawn that makes my eyes watery. I’m sleepy. I’m like my neighbor’s cat when he lies down, paws up in the air, and hungry for a mate under the sun.” 

Noon. Plaza San Martín: horns, whistles, last minute calls, noisy trams. The sky, heavy and hot, stifles. Blood boils. Angel Face: lying on the grass. 

“What if the plaza was a cemetery: a steamy cemetery, without flowers, with dead bodies buried vertically. Then the ocean wind from Callao would come and leave rotten skulls at ground level; and the dead would get together in the winter for protection from the cold; in the summer, they would lie on the grass so the sun could warm them; and cars would be scared of running them over; the patrolman, from time to time, would bring food and emolliente; and at night, they would shine with the luminous advertisements: ocean with colorful boats… And what if the dead could’ve been yesterday’s protesters? It would have been impressive if last night the Party Chief, leading the collective suicide, had thrown himself from the balcony once his speech was over, and everyone, everyone, even the police would have died and last night a man said that the Chief was speaking with the youth and I didn’t understand anything and they arrested my dad for getting himself involved in politics and my mom always said he was good and that politics killed him and I don´t know anything about politics I’m not even interested and I’d like to shit in the presidential palace for fun for the fuck of it and the history teacher with the story of Pizarro’s fig tree, and the Almagroists who killed him and it made me tired and he told me to wash my face and it’s dangerous to sleep with your face in the sun one wants to wake up but can’t as if they were dead and wanted to come back to life I’m sweating and I like the smell of my body the smell of the neighborhood girls it makes me horny especially in summer they smell like fish like iron in the winter they don’t wash and they stink so sexy Gilda’s hands smell like seafood her legs good good good tonight I’m going to Mexico and I won’t be scared and that old man if he would’ve insisted a little more he could’ve won me old men are gross but the red shirt was pretty Colorete gets dirty with Yoni it’s been maybe fifteen days since I’ve touched it and it seems like it’s going to explode in the sun my balls are starfruit from the garden giant dice that crash against the ocean always seven seven when you lose Gilda’s breasts with warm milk and sweet beach ocean sound waves blue music with green frozen honey with the bittersweet tongue resounding in the wave in the rock in the ocean rock in the water and the wave crashes into waves rock love in rock Gilda in rock face sun Yoni ocean in the movies candy in the ocean rock in crashes face rock ocean ocean oceanoceanoceanoceanoshitI love love looooove.”

II

4 pm, the same day. 

Don’t let him escape. 

The neighborhood gang, in a loud group (a herd of wild deer) arrives at the Paseo de la República. 

Cross, cross quick. 

Colorete holds Angel Face’s arm, carrying him by force.

“Watch out, a car is coming.” (They flap like ducks.)

They cross the Street and go straight to the deepest and most hidden part of Parque de la Reserva. (Black pants, sky blue, navy; red, black, and yellow shirts shake deliriously among the green leaves.)

“Kick the shit out of him!”

The sky is cloudy, dirty, sad. The heat is more intense. Everybody’s there: Corsair, Natkinkón, el Príncipe, Colorete (leader of the gang), El Chino, el Rosquita, Angel Face, and Carambola. 

“Take his money.”

Their bodies look like they’re covered in honey and their warm shirts stick to their skin. The sour and burning smell of armpits mixes, violently, with the smooth, damp fog of the grass. There’s fury. Wanting to take a take a seat on the Pope’s miter. Angel Face, pale, can’t speak: he stutters. He knows that Colorete is out for him.

“Fuck him up!” (Shouts Carambola).

Far away: cars and trams pass quickly. Angel Face wants to run, hug his mom and apologize for his stupidities. 

“C’mon faggot, defend yourself!” (Begins Colorete).

They face each other, measuring each other up. (Ferocious cocks). The others form a ring around them. (Flighty hens).

“Go in, go in, don’t be afraid, María Bonita.”

Everyone laughs. Angel Face knows that his opponent is a coward and a traitor, who knows how to hit, who has a strong and clever left and knows how to protect his face and other things, and that, besides,, when he’s losing, he “caresses you with the nail” that he always carries in his pocket. 

Anger and animal hate is in the big bilious eyes of Colorete. He perspires, opens and closes his fists, desperate. He spits to one side and the other, nervously. Angel’s face is still pale, his hands in his pockets, waiting for the attack. He tries to explain the reason for Colorete’s anger. He searches for an offensive incident in the past, but all he only remembers always being on Colorete’s good side. Or maybe, like natural and spontaneous sympathy exists, natural instinctive hate also spontaneouslyexists. Suddenly, something breaks, collapses, inside and hurts for him, for his friends, for his mom. In his chest he feels a frozen puddle that hurts. He only wishes that, in the next moment, Colorete would hold out his hand, that the boys would say: “Don’t be afraid, Angel Face, everything is a joke: we love you.”

“Pick up your balls, Maria Bonita! Go in! “

Colorete jumps furiously, he takes him by the waist and they fall into the ground. Agile, he puts his neck in a scissor hold with his legs. Angel Face turns red and Colorete’s legs nervously tighten. Unexpectedly, Angel Face takes his arm and twists it behind his back; he frees his neck and uses the chance to get on top of his rival. Colorete blows up and manages to throw his enemy to the ground.

“Wait, wait, Maria Bonita, I’m gonna take off my shirt.”

The two fighters take their shirts off. Colorete, proud, shows off his muscular, brown chest; Angel Face, pale and skinny, is embarrassed. They go at it again. Now, Angel Face is thrown with his face in the ground and Colorete is riding him, twisting his neck and moving, the same time that, excited, he put his face in his rival’s armpits and smells them with delight. (He likes the smell of my body, thinks Angel Face). He turns his head and looks at him. Colorete’s eyes are no longer furious, they have a strange glow in them that is scary. It’s the same glow and the same anxiety that he saw in Gilda’s eyes the night that he almost touched her legs. Angel face feels unknown and dark fear. There is a dizzying emptiness in his stomach, as if he was on the top step of the Ministry of Education and the black asphaltof the street irresistibly attracted him. Desperate his hands grab the grass and he shouts,

“You have a weapon, you fucking faggot! Get off me!”

Angel Face stands up furiously. The boys laugh and bully him. Colorete comes out sweaty and orders them to take Angel Face’s money that he won from them in the dice game. They grab him and rummage through his pockets but find no money. (When he went to the bathroom he hid three libra bills in his socks.)

“Nothing.”

“He must have hidden it in his shoes.”

Angel Face struggles desperately, not for the money, but because he has dirty feet, his socks stink and he’s embarrassed, especially in the middle of summer when everyone bathes and walks around clean. He worries about what Colorete will think. He thinks, now he’ll hate me more, he’ll know I’m dirty, that I don’t like to wash my feet. Finally, they win and take off his shoes, then his socks and the three libras appear, wet and stinky. El Rosquita washes them in the fountain. Angel Face stayed on the ground, hiding his feet. Colorete looks at him with disguised tenderness and expressive disgust.

“Dirty fucker, dirty dirty. I thought you were clean. But I like you more like that: dirty. One of these days I’ll get you, I swear.”

“There’ll be beers tonight!” (Shouts La Rosquita). 

“Hey you. No one’s every called me a faggot before. You just said it and I can’t forgive it. Take the dice. You’re gonna see who Colorete is. You’ll play with me, with me, and whoever loses has got to jack off, right here.”

Angel Face has to accept the challenge, otherwise, they’ll talk down on him.

“You go first. Highest number wins.” (Colorete says).

Angel Face takes the dice, spits on them and moves them as if worshiping a mysterious bloody deity. He lets them fall softly, rolling a ten.

“Lucky!” (Shouts Natkinkón). Colorete picks up the dice. He spits to one side and then the other. He closes his eyes and throws the dice: eleven.

“Do it!” (Shouts Colorete). Angel Face is lying on the ground, sideways; He wants to cry. He thinks that now he won’t be able to go to Mexico; fourteen nights of abstention for this! 

“If you want, look at this picture.” (Corsair says).

From his back pocket, he takes out a picture and shows it to him. They fight over it. Angel Face sees a naked woman grabbing her breasts. He closes his eyes and thinks of Gilda.

“Yeah, it’s time, or we’ll all grab you.” (Colorete shouts furiously).

Everyone is silent. The only sound, far away, is the cars and trams and, from time to time, the agitated breathing of the boys. Angel Face feels a profound sweetness and a turbulent humidity in his mouth. A spicy smell of wood, of apple, takes him to Gilda’s arms. Corsario looks at his red face. El Chino, as if hypnotized, can’t stop looking at it. Carambola, scared, thinks of Alicia when she dances; el Príncipe also thinks of Alicia and remembers Dora. Natkinkón, squatting and smiling, bites his nails. El Rosquita, funny and ornery, spins in circles and can’t hold back his sly laugh. Colorete, alone, distant, with his hands in his pockets, without a shirt, his back covered in grass and sweat, breathes quickly never looking away from Angel Face. The afternoon has stopped. Colorete thinks that he is alone, completely alone in the world and he feels a horrible pain in his testicles. Suddenly, they shout and applaud; they push each other; they look at Angel Face’s body and heads towards the highway. El Rosquita, in front, leaves the Parque de la Reserva, showing off the three libras. Angel Face is left alone down in the grass. The trees cut the cloudy sky in pieces, hot and dirty, dirty, dirty.

Story first published in “Cara de Angel: relatos de collera”. Lima: Ediciones de la Rama Florida, 1961

Top image by Carlos “Chino” Dominguez (edited)

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